
Guerra civil española
Cumple 80 años el Centro Español de Moscú, la casa de los “niños de la guerra”
El destino también se hereda, y los descendientes de los niños de la guerra enviados a la URSS en la guerra civil española no quieren que el suyo se olvide. “Es para intentar que tragedias tan grandes como la separación de hijos y padres no se repitan”, dice María Teresa Casero, al frente del Centro Español, que, en sus distintas ubicaciones, ha aglutinado durante 80 años al exilio español.
De las más de 5.000 personas que formaban ese exilio (pilotos, marineros y dirigentes del Partido Comunista), destaca el grupo de 2.895 niños y niñas evacuados a la antigua Unión Soviética por las autoridades republicanas entre 1937 y 1939. El año que viene estos españoles de Rusia celebrarán el 90.º aniversario de esa llegada. Pero hoy recuerdan las ocho décadas de existencia del Centro Español. “El Centro permitió a la emigración española llevar una vida activa en tiempos de la URSS. Había clases de español, bailes, conferencias”, enumera Enrique Ventimilla, secretario de la asociación durante muchos años.
Los herederos quieren preservar su historia para que “tragedias como separar a hijos y padres no se repitan”
La mayoría de los niños de la guerra llegaron a la URSS acompañados por educadores y maestros, solo unos pocos con sus padres. Una de estos últimos es Josefina Muñoz Martínez, que hoy tiene 92 años. “Nací en 1934. Soy de Los Alcázares, al lado del mar Menor, en cuyo aeródromo mi padre era aviador. Salimos de España con los republicanos a principios de 1939. Al principio viví con mis padres, pero en 1941 me enviaron a una casa de niños [centros de acogida] para pasar el verano. Allí me pilló el comienzo de la Segunda Guerra Mundial”, explicaba a La Vanguardia el 24 de septiembre, cuando el Centro Español celebró su aniversario con una conferencia y con música española.
Se suponía que la separación de sus familias sería corta. Lo fue para los niños (más de 30.000) enviados a países cercanos. No para los de la URSS. El estallido de la nueva guerra obligó a evacuarlos al interior del país. Luego, las dictaduras de allí y de aquí les impidieron volver. Aun así, explican, el Estado soviético les dio la posibilidad de tener una buena vida.
“Nos evacuaron a Engels [Volga]. Allí pasamos lo peor de la guerra e hice los dos primeros cursos”, recuerda Josefina. Ella es una de los nueve niños de la guerra que aún viven en Rusia, todas mujeres y todas en Moscú. “El resto fue regresando a España” a partir de 1956, cuando el franquismo empezó a permitirlo, “o ya han fallecido”, apunta Casero.
“Un día apareció mi padre, vestido de soldado, y nos recogió a mí y a mi hermano. Fuimos en tren hasta Kokand [Uzbekistán]. ¿Se imagina a mi madre, mujer sencilla de un pueblecito a la orillita del mar, en el otro extremo del globo?”, continúa Josefina Muñoz.
Las dictaduras de allí y de aquí les impidieron volver
Testimonios como el suyo es lo que pretende conservar el Centro Español. “Hemos mantenido el deber hacia la memoria de nuestros padres. Vivieron días tristes y alegres, pero fue su destino. En nuestro archivo hay muchos documentos, cartas, escritos que no se han publicado todavía. Y tenemos una tarea: darlo a conocer”, dice la presidenta del centro.
A medida que el Ejército Rojo avanzaba, los niños españoles iban regresando. Josefina vivió en Eupatoria (Crimea) antes de ir a la casa de niños de Bóshevo, cerca de Moscú. “A mis padres les dieron una habitación en un apartamento compartido, y volvimos a vivir juntos”, rememora.
Tras las dos guerras, los españoles mayores de Moscú solían pasar juntos su tiempo libre. Frecuentaban los “clubs” culturales de las fábricas donde trabajaban. En una de ellas, la Fábrica Chkálov de Aviones, Luis Balaguer, Jesús Sáiz y Enrique Zafra, que habían sido educadores en las casas de niños, tomaron la iniciativa en 1946 de crear un centro cultural para sus compatriotas. Ese “fue el origen del Centro Español”.
En los años sesenta, las autoridades soviéticas cedieron al colectivo un piso junto a Kuznetski Most, una estación de metro cerca de la plaza Roja. Ese tercer piso sin ascensor fue durante décadas el epicentro del exilio español, y se pudo mantener gracias a un alquiler asequible. Pero en el 2025 todo cambió. “El techo del edificio se derrumbó, y la administración municipal nos dijo que teníamos que desalojar”, explica Casero.
Hubo que encontrar rápidamente un nuevo local. Es un sótano, lo que no hace las delicias de nadie, pero tras una reforma volvió a retomar sus actividades, y las pocas niñas que aún viven y los hijos, nietos y bisnietos siguen teniendo un sitio para reunirse. El peso del trabajo del centro recae hoy en tres mujeres, todas hijas de niños de la guerra: la propia María Teresa Casero; Marina Legaz, que ayuda con las tareas contables, y Marina Coto, que asume las clases de baile y de español.
El destino y las tragedias de los niños de la guerra los comparten sus descendientes. “Tengo el alma dividida, rusa y española. Mi padre era de Oviedo, de los niños que vinieron en el barco de Gijón en 1937. En 1957 volvió a España con mi madre, conmigo y mis dos hermanos. Por no sé qué motivo, mi madre, que era rusa, regresó a la URSS con los tres hijos, y él se quedó en España. Aunque muchos se fueron, sus recuerdos se quedaron aquí. Es nuestra obligación mantenerlos”, dice Casero.
“Yo soy español de sangre, pero ruso de corazón, porque la patria de un hombre está donde nace”, explica Ventimilla, que es “hijo de mayores”, es decir, de españoles que se exiliaron siendo adultos. “Eran de la provincia de Valencia. A principios de 1938, el partido envió a mi padre a Moscú para hacer unos cursos con el Estado Mayor del Ejército Rojo. Y luego facilitó que mi madre se juntase con él. Ella llegó, y yo nací aquí ese mismo año”, dice Ventimilla, que se ganó “el pan de cada día con los idiomas”, incluido el español, tras graduarse en la Escuela de Idiomas Extranjeros en Kyiv.
Tarea pendiente del Centro Español es ordenar sus archivos. “Primero, clasificarlos por temática, y luego, digitalizarlos”. Un trabajo que necesita sobre todo “paciencia”, porque con una subvención escasa del Gobierno español y dependiendo de las cuotas de sus 80 socios y de donaciones, el trabajo de los descendientes es voluntario. Pero es una obligación que no piensan abandonar.