Dolores Redondo: “¿Quién sabe si de mayor, en la residencia, no me creo Amaia Salazar?”

Dolores Redondo: “¿Quién sabe si de mayor, en la residencia, no me creo Amaia Salazar?”

La escritora publicará el próximo día 21 'Todas las noches, todas las ciudades', un caso de la psicóloga Nash Elizondo sobre un novelista de éxito

Los escritores oyen voces y, en ocasiones, la cosa puede salirse de madre. En la nueva novela de Dolores Redondo (San Sebastián, 1969), 'Todas las noches, todas las ciudades' (Destino/Columna) –a la venta el próximo día 21–, vemos a la psicóloga forense Nash Elizondo enfrentarse al caso de Benedict Newman, un novelista superventas detenido por la policía al describirse con todo detalle en su nuevo libro crímenes que han sucedido realmente. Traumatizado por los hechos, el escritor se desmaya... pero despierta convertido en Colt Star, el detective de sus novelas. Obra con guiños –de personajes y situaciones– a varias de sus novelas anteriores, es a la vez intriga, metaliteratura, drama, comedia, introspección psicológica y policiaco.

¿La patología que sufre su escritor es real?

Sí, sí, absolutamente. Es lo que hasta hace pocos años se conocía como personalidad múltiple, que ahora ha dado en llamarse trastorno de identidad disociativa. Cuando alguien está tan dañado que aparece otra personalidad nueva en él normalmente no se trata de una más, sino de más de una.

¿Quién la ha asesorado al respecto?

Principalmente un neurólogo, hijo del periodista Antón Castro, que ha tratado a mi personaje como si se tratara de un paciente real. Yo le iba explicando lo que le ocurría, a dónde yo quería llegar, y él me iba diciendo ‘yo le haría esta prueba, yo le haría esto otro’… Llegó un momento en que me dijo ‘mira, Dolores, yo ahora pediría una derivación a psiquiatría’. Y entonces la historia pasa a la siguiente fase.

Ejem, ¿cuántos personajes hay dentro suyo?

Pues todos. Esta novela va de hasta qué punto los usas tú, porque muchos son exorcismos de tu pasado, necesidades que tienes de hablar de cosas de las que no vas a hablar directamente jamás, pero necesitas sacarlas y entonces convocas a una serie de fantasmas como con una ouija. Pero, cuando cierras la sesión, no se van. Hay varios que se quedan y te habitan mucho más tiempo.

Cita lo que dijo Miguel Delibes al respecto en el discurso de recepción del Cervantes…

A mí me ocurrió la experiencia de ir por Elizondo paseando y pensar ‘yo iba por esta calle para ir al cole’, un pensamiento absurdo porque jamás fui al cole en esa localidad, que conocí con 40 años. Es que además ni siquiera es un recuerdo de una novela, porque no hay ninguna en la que Amaia vaya al colegio por esa calle. Lo hablé con mi editor, Emili Rosales, y él me dijo: ‘¿Sabes que a Delibes le pasaba eso?’. Él le hablaba de que tenía pensamientos y recuerdos que no eran de él, sino de sus personajes. A fuerza de vivir en ellos, ellos también viven en ti.

Lee también

A lo mejor, Dios no lo quiera, si un día tiene un problema de senilidad, ¿se transformará en todos sus personajes?

A lo mejor, ¿quién sabe?… Si algún día estoy en una residencia y se me ha ido la cabecita, ¿qué diré a mis compañeros de sala o a las enfermeras? ‘¡Yo he sido Dolores Redondo, yo gané el Premio Planeta!’. ¿O ‘¡yo soy Amaia Salazar, yo capturé al Basajuan!’. Espero que lo primero...

¿Se siente más madura narrativamente?

Sentía la necesidad de demoler las habitaciones, los géneros, salirme de la novela negra, y he tirado abajo las paredes. El territorio aquí es la frontera entre la cordura y la locura, donde habitan lo imaginado y lo que te posee. ¿Qué es verdad y qué es mentira? Hace dos días la leyó mi hermana y me dijo: ‘Ostras, Zafón también lo hizo en ‘El juego del ángel’, allí alguien escribe algo que le posee y cobra vida’.

El libro viene a decir que lo que hacemos todos más o menos inconscientemente de construirnos una narrativa es el oficio de los escritores.

Lo importante es lo que tú sabes de ti mismo. Y no importa si nunca se lo contaste a nadie, ni a tu pareja, ni a tu psiquiatra, pero eso es lo que tú eres de verdad en tu fuero interno y lo que te vas a llevar puesto el día que te entierren. Y, en el último instante de tu vida, tú vas a tener muy presente lo que eres. Y lo que hayas fingido, también.

Hay una aparición de La Redondo, una escritora muy parecida a usted. ¿Asume lo que dice ella en el libro? ¿Como que un asesino intentó contactarla?

Esto es cierto.

Bueno, aquí se abre un jardín, ¿no? Entiendo muy bien la diferencia entre ser un periodista y un novelista. Si alguien que está en el corredor de la muerte quiere ofrecerle a usted una entrevista, entiendo que salga corriendo tras ella. Pero yo me debo a la literatura, soy consciente de mi fragilidad y no quiero mirar el corazón de un monstruo.

Un asesino pidió verme para contarme su versión del crimen del Baztán. ¡Ni hablar, qué pavor!”

¿Qué tipo de monstruo era?

Un asesino, sin más. Yo tuve conciencia del crimen que inspiró la trilogía del Baztán por un reportaje que apareció en el diario ‘ABC’, escrito por Cruz Morcillo, sobre una niña sacrificada por una secta en Navarra. Años después, Cruz me llamó y me dijo que un miembro de la secta quería contarnos su versión. Yo le dije: ‘Cruz, vete tú, que eres periodista; si tiene algo que contar diferente a la versión oficial, que se la cuente al juez, a mí no, porque no lo quiero saber’. ¡Ni hablar yo! Es que me dan igual sus motivaciones, si participó solo, si miró y no hizo nada… No quiero saberlo porque yo no soy Amaia Salazar, yo no soy una inspectora de policía ni una abogada ni una periodista, solo una escritora. No quiero asomarme a ver el infierno para escribir sobre él porque afortunadamente me siento dotada de imaginación suficiente como para describir una parte de los hechos y la que no sé prefiero dejarla en tinieblas.

A veces los asesinos hacen caer al autor en el síndrome de Estocolmo, ¿qué piensa del caso Luisgé Martín?

Decidir ir a hablar con un asesino es una decisión absolutamente personal, pero has de saber que te la juegas. Yo, con mis hijos pequeños, no quería ser capaz de reconocer a esa persona en un bar. Esa posibilidad me causaba pavor. No quiero, no quiero que tú me identifiques por la calle. Por una cuestión de higiene mental. Y porque además los asesinos en mis novelas no son los protagonistas. Los protagonistas son siempre las víctimas y el investigador.

Otra cosa muy entretenida es esa especie de parodia de los detectives clásicos, del lenguaje de aquellas novelas policiacas antiguas. Todo eso emerge cuando él se siente poseído por el detective. Podría usted haber escrito una pulp fiction.

Ha sido una auténtica gozada. Ya no puedes escribir así, es demodé, ni siquiera puedes aceptar ese tipo de comportamientos, su caballerosidad a la manera antigua, su modo de tratar a las mujeres, su prepotencia… pero me ha encantado porque yo me he criado con esos detectives que me parecían fascinantes. El otro día, vi la película ‘El sueño eterno’, con Bogart, en que le dicen ‘es usted guapo’ y él responde: ‘Sí, cada minuto que pasa lo soy más’. Eran unas sobradas que… La novela negra evoluciona muy rápido en otra dirección.

A mí me dan miedo, más que los asesinatos, los personajes que van saliendo de su interior…

En YouTube va a encontrar un montón de vídeos de gente que asegura tener este trastorno, se sospecha que lo fingen. Porque resulta muy atractiva la posibilidad de tener una personalidad de cuya conducta no eres responsable. Tu otro yo puede ser un chico, una chica, bisexual, mayor, joven, puede ser más desinhibido… Lo que ocurre es que en la realidad las personas que sufren esto normalmente lo ocultan. Imagine lo terrible que puede ser que una mañana te despiertes y estés en un lugar al que no sabes cómo has llegado, pero además que lleves ropa que nunca te pondrías, que te hayas gastado el dinero en cosas que jamás te comprarías…

Buf, sí...

Cuesta mucho diagnosticarles, porque ellos lo ocultan, intentan que nadie se entere de lo que les pasa. Es una enfermedad muy difícil, muy incapacitante: no te permite tener un trabajo normal, ni una relación amorosa normal… La única manera de tratamiento que tienen es buscar la causa del daño, y hacer que aflore para que pueda empezar a curarse. Pero claro, hay cosas que la gente no está dispuesta a asumir, casi siempre traumas muy profundos en la infancia.

Impresionan algunas escenas, como el protagonista, que es un hombre mayor, moviéndose como un joven cuando cree estar poseído por otra personalidad.

Eso es tal cual. O el cambio en la voz, incluso en la apariencia física, hasta el punto de personas que tienen miopía y de repente ven bien. O tienen una lesión física que les hace cojear. O un diestro pasa a ser zurdo. Pero también puedes tener una personalidad que no sea de tu mismo sexo, claro, la que necesites. La más frecuente es una personalidad infantil que muchas veces no habla, alguien muy dañado, suele haber una del momento del trauma y una previa al trauma, y luego aparece también otra persona, aparentemente malvada, pero que en realidad lo que busca es defender al niño, atacando a los demás.

Lee también

Cita los casos de dos actores, Johnny Weissmüller, que se creyó Tarzán, y Bela Lugosi, que pensó ser Drácula.

En estos casos, no estoy tan segura de que tuvieran personalidad múltiple, sino que habían llegado a interiorizar tanto su personaje que, cuando cayeron en la demencia senil, se confundían entre las dos personalidades, porque habían vivido mucho tiempo con la otra y además la habían amado. Hay un caso que me llamó mucho la atención, el de Lola Herrera, que tras interpretar en el teatro ‘Cinco horas con Mario’ durante muchos años, cayó en una depresión que, una vez tratada, se la asignaron no a ella sino a su personaje, que cada noche perdía a su esposo y pasaba cinco horas velando el cadáver.

Se dice en algún momento del libro que el actual mundo de las redes sociales conduce a un aumento del crimen. No sé si suscribe eso...

Hay que matizarlo. Vivimos en una época de búsqueda inmediata de satisfacción, lo tienes todo a un clic, también la violencia, y eso genera un incremento pero ¿de qué? En los próximos años los que nos dediquemos a esto vamos a tener que cambiar el modo en que contamos el crimen, porque con tanto dron y tanta cámara y tanta evolución de la criminalística, se está limitando en sus formas tradicionales. Los malos están digievolucionando. El crimen va a ser cada vez más de habitación cerrada, pero no como la de Agatha Christie, sino el que cometes dentro de tu hogar, desde la salvaguarda que te da una pantalla, como el horror del caso Pelicot en Francia, con cientos de miles de personas que accedieron a una página que instruía sobre cómo cometer esa barbaridad.

Hay muchos escritores que dicen que, si no escribieran, caerían en la locura. ¿Usted?

Los personajes, en muchas ocasiones, son espectros del pasado, el presente o incluso del futuro, con ellos convocas a tus miedos, para domarlos. Los domas en la novela, ojo, porque el libro acaba como tú quieres, pero en el mundo real alguno de esos fantasmas se queda a vivir contigo. ¿Me volvería loca si no pudiera escribir? Me volvería loca si no pudiera pensar. Recuerdo una escena del psicópata Hannibal Lecter, en la novela de Thomas Harris, en que le han privado de todo poder, de sus carboncillos para dibujar, de su música, de los cubiertos para comer, de papel para escribir, de sus libros... Y, sin embargo, hay un momento en el que con su lengua va recorriendo una a una sus piezas dentales mientras piensa en edificios, como el Duomo, va nombrándolos mentalmente, y así pasea por un paisaje mental. Si algún día fuera consciente de que ya no puedo imaginar o de que estoy perdiendo facultades mentales, eso sería terrible. Cuando Ronald Reagan se dio cuenta de que ya no podía escribir, estuvo llorando todo ese día. Si yo me diera cuenta de que soy incapaz de escribir, me moriría de la pena.

← Health