La sombra que amenaza la ciudad literaria

La sombra que amenaza la ciudad literaria

Barcelona ha hecho muchas cosas bien en los últimos años para cumplir con su condición de ciudad literaria de la Unesco. Conviven en ella excelentes autores y autoras en catalán, en castellano y en otras lenguas; editoriales gigantes y sellos exquisitos; exitosas celebraciones del libro, desde Sant Jordi hasta los festivales super especializados; espacios de reflexión con proyección global, como el Foro Edita; librerías dinámicas y puestas al día; agentes que trascienden el ámbito local; hoteles con sensibilidad literaria; propagandistas de la buena literatura como el CCCB; gestores culturales comprometidos... Y su papel como invitada de honor en la feria del Libro de Guadalajara fue un éxito.

Hay carencias, por supuesto. Es de las pocas ciudades del mundo que no tienen un museo dedicado a su literatura. Ni siquiera hay casas de autores visitables. Y se fugan archivos. Pero estas son cuestiones que podrían resolverse si se atina en los futuros usos de la biblioteca pública que se erige junto a la estación de França.

La principal sombra que se proyecta sobre la ciudad literaria –y sobre todas las ciudades literarias del mundo– es la galopante incapacidad colectiva de comprender lo que se lee, una epidemia global que se ceba en los jóvenes. Las causas son obvias. El hecho de que todos los entretenimientos imaginables estén al alcance de un clic atenta contra la concentración y la lectura continuada.

En paralelo, el exterminio progresivo de la literatura en los planes de estudio completa la amenaza en ciernes sobre esta forma ancestral de transmisión de conocimiento y del espíritu crítico. Súmese a todo esto la tentación de delegar todo acto intelectual en la IA.

Por supuesto, hay jóvenes que leen y otros que ya triunfan en las áreas creativas y editoriales que mencionábamos. También proliferan géneros literarios de éxito, románticos y fantásticos, que son susceptibles de formar a nuevos lectores. El presidente saliente de la feria de Frankfurt, Juergen Boos, se refería ayer en La Vanguardia a la “voracidad lectora” de los jóvenes en España: “El milagro español”.

Pero la tendencia es la que es. Los resultados de PISA sitúan el problema en su inquietante dimensión. Uno de cada tres alumnos no entiende lo que lee. Que los jóvenes que sí son lectores se entreguen con voracidad a este hábito no puede llevar a engaño sobre la fotografía completa: el futuro del libro como referente de aprendizaje y de concienciación, está seriamente amenazado. Otra cosa es que siga existiendo una comunidad libresca muy militante, que es la que mantiene en pie el sector y la que justifica las interpretaciones optimistas de las estadísticas.

Vamos hacia un mundo de seres adictos a la pantalla incapaces de pergeñar nada sin IA

Es un hecho que los libros están desapareciendo de los hogares. Para evidencia, los catálogos de las tiendas de muebles: los publicistas ya no se molestan en poner unos cuantos volúmenes apilados en los anuncios de las estanterías a la venta: en algunas de ellas ya no aparece un solo libro. Los han sustituido por jarrones a juego con el color de la pared.

Que los hogares se vayan quedando sin libros no es un problema tanto para autores, editores o libreros (siempre habrá quien lea) como para el conjunto de la sociedad, que podría devenir una comunidad amorfa de seres pantallizados incapaces de pergeñar dos frases sin la ayuda de la IA. De seres humanos, en consecuencia, muy influenciables y manipulables.

Hay fórmulas para paliar esta tragedia que no son exactamente mágicas, pero que algo ayudarían. Algunas están sobre la mesa de las autoridades, como prohibir el uso del teléfono móvil en los centros educativos al tiempo que se recuperan las bibliotecas escolares , fulminadas en un su día (en no pocos colegios las sustituyeron por aulas de informática) en un irresponsable alarde de modernidad. Pero restablecer el hábito de lectura requiere también de su regreso al horario lectivo.

La Generalitat ha dado un primer paso en este sentido , al establecer que las lecturas obligatorias de bachillerato que dejaron de ser prescriptivas hace tres años vuelvan a serlo a partir del próximo curso. Pero haría falta llegar mucho más lejos, por traumática que sea la decisión. Se ha sostenido siempre que la lectura de los clásicos a temprana edad podía generar una animadversión hacia la lectura en los jóvenes, que ya no volverían a coger un libro.

Pues bien, este problema ha dejado de existir en estos términos desde el momento en que ya está claro que muchos jóvenes ni han leído, ni leen ni leerán nunca. Así que, ¿por qué castigar sin el privilegio de conocer la gran literatura a los que sí son proclives a la lectura? Con sufrimiento, claro, porque no hay aprendizaje sin él. No se trata tanto de obligar a leer Crimen y castigo a los 14 y el Quijote a los 16 (o sí, ¿por qué no?) como de definir un itinerario de lecturas que doten al alumno de un corpus crítico y de una mente capaz de imaginar e inventar historias de manera estructurada.

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Que estas medidas desborden el marco de las ciudades no implica que no haya soluciones a aplicar en el ámbito urbano, más allá de potenciar las bibliotecas. Los libreros y las libreras llevan ya muchos años creando comunidades variopintas de lectores, con programas de actividades que se extienden toda la semana. Se trata de seguir su ejemplo.

Planetadelibros ha impulsado reading parties para leer en compañía, algo parecido a lo que se hace de una forma más sofisticada en Japón, donde hay nightclubs que organizan raves literarias (algunas con literatura erótica) en la que los asistentes se sientan a leer mientras un DJ pincha música ambiente.

¿Peatonalizar calles el fin de semana para la lectura colectiva? ¿Una noche de libros?

Puestos a imaginar, fantaseemos con la posibilidad de una noche de los libros, al estilo de la exitosa noche de los museos. O con la posibilidad de peatonalizar calles el fin de semana para albergar sesiones colectivas de lectura al aire libre. O promover las bibliotecas de bar (algunos ya las tienen). A una ciudad como Barcelona no debería costarle mucho impulsar este tipo de medidas: de hecho, se trataría, básicamente, de extender a lo largo del calendario los prodigios que tienen lugar cada 23 de abril durante la Diada de Sant Jordi.

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