El incendio incontrolado de la política

El incendio incontrolado de la política

Con perspectiva

Cuando escribo este artículo, el ministro Óscar Puente hace 24 horas que no ha publicado un mensaje en X del que debería arrepentirse después, aunque no lo haga. No es que no haya seguido atizando a la presidenta madrileña, no, pero lo ha hecho sin escribir él las palabras. Solo retuitea las de otros, como si así fuera menos grave. Desde que el ministro de Transportes se sintió aludido por unas palabras de Isabel Díaz Ayuso en las que llamaba mamarracho a un dirigente socialista, Puente no ha hecho más que apretar el botón del odio de X. Al ministro le bastó que un periodista mal informado o convertido en pirómano político le dijera que Ayuso le había llamado mamarracho, para encender la mecha y llamarle de todo.

Puente, que pasa tantas horas en X, debería saber que ese insulto, que ni una presidenta autonómica ni un ministro deberían pronunciar, no se lo dirigía a él, sino al delegado del Gobierno en Madrid, Francisco Martín, con quien mantiene una mala relación que llega a extremos inaceptables. Martín había puesto en cuestión la solicitud de la presidenta madrileña de emergencia nacional por los incendios, que achacó a la incapacidad de Ayuso y que creía que estaba injustificada. Menos de dos horas después, el delegado se comía sus palabras, porque la solicitud estaba justificada y entraba en lo previsto en la ley. El Gobierno aceptaba la solicitud y asumía el mando de los incendios, en Madrid y en Ávila, sin que el presidente de Castilla y León, Alfonso Fernández Mañueco, pusiera ningún problema. Hoy hay más de 90.000 desalojados.

Espero que los rifirrafes no hayan llegado a oídos de quienes tuvieron que escapar del fuego

Isabel Díaz Ayuso tuvo la reconvención de sus propios partidarios, que, a pesar de su tragedia, ya que eran afectados por los incendios, le dieron una lección y le pidieron que no entrara en polémicas, que se fijara en lo importante, en salvar vidas y trabajar junto al Gobierno en poner coto al incendio. Es a lo que se dedicó también el delegado del Gobierno desde que el Ejecutivo asumió el mando, como si nada hubiera pasado.

Espero que esos rifirrafes no hayan llegado a oídos de todas esas personas que tuvieron que salir corriendo de sus casas porque el fuego avanzaba sin posibilidad de control, como reconocieron los técnicos de la UME. La UME, sí, esa cuya creación el PP no apoyó porque creía que era un “capricho de Zapatero”, entonces presidente, como tampoco la apoyaron y la combatieron varios de los partidos que hoy apoyan al Gobierno, aunque por razones diferentes. Si tienen que pedir perdón, que lo pidan. A Óscar Puente no le pido que rectifique, para qué, sólo que pare.

En medio de esta sinrazón, unas palabras de otro socialista, Josep Borrell, al que estos días algunos habrán tirado al cajón donde ya han enterrado a Felipe González, Alfonso Guerra y a unos cuantos más, me hicieron creer de nuevo en la política. Fue en un encuentro informativo organizado por Prensa Ibérica, con un título sugerente: “Un café en las alturas”. El exministro y Alto Representante de la UE habló de muchas cosas, entre ellas, de algo prohibido en su partido. Mostró su disgusto porque PSOE y PP no puedan entenderse y habló de la necesidad de aislar a Vox.

A Borrell le preocupa “que no dejemos al PP mas opción” que la de formar gobiernos con Vox, por ejemplo, en Andalucía, y afirmó: “Si decimos que tener a Vox en el gobierno es algo que tenemos que intentar evitar por todos los medios, no nos debería dar igual un gobierno del PP en minoría, dejándole gobernar, absteniéndose (el PSOE), que un gobierno que llega al poder con el peso encima, con la mochila de las concesiones que ha tenido que hacer a Vox”. “Un sistema político –añadió– que no tiene capacidad de diálogo entre los dos grandes partidos centrales no puede sino polarizarse en sus extremos”. Borrell tiene suerte de que Óscar Puente haya estado entretenido con Ayuso.

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