
La ventana indiscreta
El hemisferio occidental se apresta para la pausa veraniega con temperaturas más altas de lo normal. Y no solo por las encadenadas olas de calor. El receso estival arranca con la principal ruta de transporte de energía, el estrecho de Ormuz y cada vez más el mar rojo, prácticamente bloqueada y con la primera potencia mundial, EE.UU., bombardeando el país que la controla, Irán. Este, a su vez, replica con ataques a los países aliados del primero. Donald Trump mantiene los ataques después del fracaso del efímero acuerdo de alto que fuego que naufragó a principios de este mes.
Una lucha contra el tiempo en la que Trump tiene un precipicio político en las elecciones de medio mandato de noviembre, cuando la inflación y el coste de la vida jugarán un papel clave. Además, la guerra puede acabar forzando subidas de tipos de interés: bajarlos ha sido su obsesión durante sus dos mandatos.
Oficialmente la administración norteamericana dice haber gastado en la campaña de Irán 37.500 millones de dólares, hace ya casi cinco meses, aunque fuentes independientes aseguran que la cifra es mucho más alta, del orden de 100.000 millones; a un ritmo de 1.000 millones adicionales cada día. Lejos aún del dispendio de las grandes guerras de EE.UU. en la zona, pero esto aún no ha acabado
Por su parte, el ayatolá Mochtabá Jameneí, se enfrenta al creciente deterioro de una economía que ya estaba muy deprimida y que podría desintegrar el régimen. Si el primero se retira para salvar los muebles en noviembre, un desenlace posible, el resultado sería un Irán reforzado como invencible potencia regional. Si la campaña se mantiene, en línea con lo que desea el israelí Benjamín Netanyahu, el impacto en toda la zona puede ser enorme.
Como si no fuera suficiente, mientras sigue con sus bombardeos, Trump ha reabierto la guerra comercial con nuevos aranceles generalizados. No se sabe aún si por consideraciones de estrategia económica o como recurso propagandístico para difuminar ante los votantes sus flagrantes fracasos en el Golfo. Al final y al cabo ha construido su plataforma política, la que le ha dado dos victorias electorales, sobre la base de promover el rechazo y el choque con el mundo exterior.
El shock exportador China 2.0 puede provocar el cierre del mundo a sus productos
También figura en el cóctel la reacción airada, uno de sus trumper tantrums (trumpberrinche), a la última multa de la UE a Google. No hay que olvidar que EE.UU. recibe más ingresos del exterior por intangibles como la propiedad intelectual y los servicios tecnológicos que por la venta de mercancías y productos materiales. Es un elemento clave para ver la coherencia de las decisiones de los responsables económicos estadounidenses. Y como complemento necesario, matar cualquier posible competencia a sus compañías tecnológicas, de telecomunicaciones o de defensa. Eso explica la gran fijación con las rivales chinas que ofrecen productos equiparables y a las que EE.UU. impone que sus socios cierren las puertas.
Xi Jinping, el presidente chino, además de la batalla con Trump, también tiene sus propios problemas. Una economía que funciona al ralentí, dependiente de inyecciones públicas, es decir deuda, y sobre todo de las exportaciones al resto del mundo, mientras se aplica en la reducción de la competencia de las empresas externas en su propio mercado. Esto último es una de las causas originarias del choque con EE.UU.
Y si no crece dejará de ascender en la jerarquía mundial, tendrá más dificultades para sostener su creciente zona de influencia en su entorno geográfico y dejará de ser un rival para EE.UU.. El problema de China es que ha construido su pujanza sobre una ingente inversión industrial que ha generado una enorme capacidad de producción que, sin embargo, su propia población solo puede absorber en una pequeña proporción.
Trump quiere suprimir la competencia mundial a sus campeones nacionales tecnológicos y financieros
Las extraordinarias ganancias de productividad de su economía no beneficia, de manera muy desproporcionada, a la mayoría de los chinos. Por eso consumen proporcionalmente muy poco. Junto con las ayudas públicas, son la otra gran subvención encubierta a la competitividad mundial de sus productos. No paga a sus trabajadores de acuerdo con su verdadero aportación al producto nacional. Las ventas internas son un porcentaje muy bajo de la producción total y los precios caen. El exterior es la salvación contra ese estancamiento. En el 2015, China exportó 900.000 vehículos. El año pasado, entre 7 y 8 millones, según las categorías que se incluyan en el cálculo.
Pero el discurso oficial del Partido es que esa pujanza exterior resulta de que su industria es más competitiva y descarta hablar de sus desequilibrios internos y de las ayudas públicas que inyecta a su industria. El problema es que, a diferencia del primer gran shock mundial de productos chinos, la actual inundación, la 2.0, ahora barca muchos más sectores y de los que tienen carácter estratégico. Desde algunas energías alternativas a los automóviles eléctricos. Pero la capacidad de absorción del resto del mundo está llegando al límite. En una década, el déficit comercial europeo con China ha pasado de 145.000 millones a 365.000, un desequilibrio insostenible y que sigue creciendo pese a las primeras medidas arancelarias aprobadas por la UE.
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El problema de China es que durante estas décadas de prodigioso crecimiento y desarrollo ha operado en el seno de un sistema que tiene en la cima de la pirámide a EE.UU., y estos no quieren ceder la posición. Y la presión comercial china sobre el resto del mundo provoca el rechazo creciente de este y amenaza con cerrarle las vías para seguir progresando. Uno y otro, Trump y Xi, están zarandeando al mundo de mala manera.