
Mar de fondo
Evitemos los sudores asociados a las malas noticias. Bastante tenemos con el verano egipcio que nos toca sufrir. Refresquémonos con un artículo de mesurada complacencia con el Govern. Ojo, ¡no confundir con entusiasmo! La experiencia prescribe tomarse siempre la pastilla del escepticismo ante el anuncio de un gobernante, da igual que sea tirio o troyano.
Salvador Illa y su primer escudero, el conseller Albert Dalmau, profetizaron el lunes una verdadera revolución en forma de anteproyecto de ley. Vean, si no: reducir a un mes el tiempo necesario para la tramitación de algunas licencias de obras, de seis a ocho meses la validación de planes urbanísticos y acelerar también los proyectos industriales. Ahorrémonos los detalles. Basta con añadir que para hacerlo posible ha de modificarse una larga lista de leyes ya existentes y los respectivos reglamentos que las desarrollan.
Acierta el president en el diagnóstico y también en el remedio. No hay política de vivienda, industrial ni de ningún tipo, que pueda salir ilesa de la perfectísima telaraña administrativa en la que se ha convertido cualquier tentativa de poner en pie o rehabilitar un edificio. Ya no digamos liberar suelo o reajustar su uso para otro fin. Una invitación al desistimiento en el peor de los casos. En el mejor, retrasos indefinidos e injustificables que encarecen económicamente cualquier iniciativa, tanto a los promotores como a los ciudadanos.
No es un problema catalán. Estas habas las cuecen en todas partes. España y Europa también viven en una especie de arresto administrativo. No en vano uno de los pilares de la nueva política que impulsa la Comisión Europea es la desregulación. Ha sido necesario que el continente muestre claros signos de asfixia para que la política se haya decidido a aflojarle la soga del cuello. Veremos si es cierto que nunca es tarde si la dicha es buena.
Volvamos a Illa y Dalmau. Deslizó el lunes el president, en la presentación de su proyecto de agilización, un discurso positivamente quijotesco: “…es mi oficio y ejercicio andar por el mundo enderezando entuertos y desfaciendo agravios”. Solo que no son molinos de viento a lo que se enfrenta, sino gigantes de verdad que han crecido y se han hecho fuertes al amparo del celo enfermizo de la propia Administración y la sobrerregulación servida por la política. Décadas de añadir normas a las normas, reglamentos a los reglamentos, visados a los visados, informes a los informes y trabas a las trabas.
El escepticismo no nace de la desconfianza hacia la voluntad manifestada por el presidente de la Generalitat, sino de la propia dificultad del reto que ha decidido afrontar. Sus enemigos en este propósito no están fuera de la Administración, sino repartidos por toda ella. Desde el Estado al municipio, pasando por la propia Administración autonómica. Y también en algunos ámbitos sectoriales del sector privado que han hecho de la asfixia administrativa un lucrativo negocio.
Deberá pisar muchos callos Salvador Illa para lograr su empeño. Las resistencias del municipalismo mal entendido, por ejemplo. Pero también darle la vuelta a una cultura corporativa casi hegemónica en la Administración que consiste en ver al ciudadano como un sospechoso que no merece ni crédito ni confianza. Ese cambio de mentalidad es el que se antoja más complicado. El Govern va a necesitar un plus de resistencia y fortaleza cuando se organicen los saboteadores. No es fácil ganar una batalla que tantos han perdido antes.
He gastado varias veces al conseller Dalmau la misma broma a cuenta de su compromiso con la reforma de la Administración, otra de las grandes promesas del Govern socialista. Disfrazado de pájaro de mal agüero, le comento que la Administración es en realidad irreformable, puesto que quien debe aplicar los cambios, el propio funcionariado, se resiste a ello con uñas y dientes. Lo mismo puede decirse de cualquier intento de agilizar y simplificar plazos y exigencias.
Como todo esto es en realidad imprescindible, nada nos agradaría más que equivocarnos y que el Govern se salga con la suya, aunque solo sea en parte. El optimismo en el que militan Illa y Dalmau merece el mismo ánimo que recibe el corredor de maratones al iniciarse la carrera. Celebramos de entrada que el president haya conminado a la Administración a confiar en el ciudadano en lugar de cortarle las alas agotándolo con exigencias. Los discursos no bastan pero importan. Juzgaremos los resultados. Pero hoy toca el aplauso. Y por un día, sin reservas.