Matar o morir, o cómo Argentina le cuenta al mundo que quiere lo que quiere

Matar o morir, o cómo Argentina le cuenta al mundo que quiere lo que quiere

Fútbol | Mundial 2026

Cuando el árbitro pita el inicio, Paredes clava el codo en la nuca de Bellingham y así fija las líneas maestras del partido

Seba, mi cuñado, vive en Berlín desde el año de la catapum pero sigue siendo muy argentino.

Es tan argentino que, cuando el invierno gris se tiende sobre Berlín, hace las maletas y, durante dos meses, se lleva a la familia a la soleada Buenos Aires, a Thilo incluido, por supuesto.

Thilo es su primogénito y mi sobrino, y es tan argentino como Seba aunque nació en Berlín.

Cuando habla en español, el español que le enseñó su papá, Thilo se tira a la pileta y dice que Messi es un petiso (un pequeñajo). Y si Argentina pierde, llora desconsoladamente como si le hubiera abandonado su primera novia.

(Y este miércoles ha pasado un buen rato llorando, casi media hora, hasta que los ingleses han reculado y le han abierto la autopista a los argentinos y han aparecido Messi, Enzo y Lautaro).

Cuando nos vemos en algún lugar del mundo, Seba me trae un abanico de las deliciosas empanadas argentinas que él mismo produce en su comercio en Berlín, y también me trae libros de Eduardo Sacheri. Y entre empanada y empanada y página y página, también nos lo pasamos bomba recuperando dichos de la saga de Rambo.

Son frases tan estúpidas como maravillosas, y nos hacen felices en nuestras boludeces. Me refiero a las frases boludas del coronel Trautman, el instructor de Rambo.

Ese tipo suelta perlas como:

–John Rambo es capaz de comer cosas que harían vomitar a una cabra.

(Se supone que el coronel Trautman dice todo eso para elogiar a su discípulo, pero no sé no sé...).

Trautman también dice:

–En Vietnam, la misión de Rambo era eliminar a sus enemigos. Matar o morir, ¡punto! Y en eso, John Rambo era el mejor.

Matar o morir.

Scaloni es como el coronel Trautman, el tipo que tiene fe ciega en Messi, que es como Rambo

Tan pronto como el colegiado Elfath pita el inicio del partido, los argentinos salen a contarnos qué demonios han ido a hacer en Atlanta: matar o morir.

Ni un solo minuto ha transcurrido y Paredes le clava un codazo a Bellingham. Un codazo en la sien. Y cuando Bellingham cae y se queja y se lamenta, Paredes le vocea:

–¡Venga, levanta!

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La guerra de las Malvinas es agua pasada, esta es la guerra en Atlanta, una guerra de guerrillas que se tiende sobre el césped, una tarascada en cada jugada, el arte de la provocación, el arte del desespero.

Argentina se faja e Inglaterra sobrevive como puede: quiere bajar al barro como lo haría un argentino pero no le sale, Inglaterra es premium y un pelín blanda, y no quiere tanto como Argentina, que quiere más y nos lo demuestran el hiperexcitado Simeone y el belicoso Mac Allister.

En el cielo de Atlanta, como en el cielo gris del invierno berlinés, se tiende la Argentina que el cronista siempre vivió, es la Argentina milagrosa de Kempes en el 78 y la de Maradona y la mano de D10S en el 86. También es la Argentina de Messi en el 2022, un equipo que se levanta una y otra vez porque todos sabemos que lo hará y esa es su seña de identidad.

Scaloni es como el coronel Trautman, el tipo que tiene una fe ciega en su Rambo, y Messi es su Rambo, el superhéroe que rompe los clichés de la historia para reescribir su propio relato, veterano de guerra capaz de comer cosas que harían vomitar a una cabra. Messi es el GOAT, que en inglés significa cabra , pero no es exactamente eso.

Messi es más bien el perro de Hernán Casciari.

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