El erotismo de la camisa abierta de Joan Manuel Serrat

El erotismo de la camisa abierta de Joan Manuel Serrat

Tal y como éramos

Provocación, horterada o simple necesidad de pasar menos calor

Cunde la alarma –la comprendemos, comprendemos esa alarma, ¡pero no la compartimos!– ante el regreso de cierta tendencia vestimentaria masculina: la camisa desabrochada. Entiéndase: desabotonada más allá de lo que suele considerarse no ya formal sino directamente decoroso . Estamos hablando de soltar no un botón, ni dos botones ni tres… ¡sino hasta el ombligo, y más allá!

“¿Pero esos hombres qué pretenden desabotonándose?” –se pregunta el Savonarola de turno.— “¿Esta moda no es una horterada, un signo algo rijoso, incluso ofensivo? ¿No denota una masculinidad algo rancia?”

Cunde la alarma ante el regreso de cierta tendencia vestimentaria masculina: la camisa desabrochada

Otros, en cambio, le critican al desabotonado precisamente que ostente una masculinidad dudosa, incierta, ya que tradicionalmente los juegos de mostrar, insinuar, ocultar y realzar los propios atributos físicos estaban reservados a las mujeres.

¿En qué quedamos? ¿Es cosa de machirulos o de mariquitas ? ¡Este asunto es realmente muy complejo! Vayamos por partes. Una camisa es una prenda que por definición lleva botones, y la función de los botones es exactamente insertarse en los ojales con el objetivo de cubrir perfectamente la piel del pecho y del vientre. Por consiguiente, llevarla radicalmente abierta indica cierto desdén por los botones, por las botonaduras, por los cierres, por los ocultamientos y por las convenciones; declara cierto inconformismo con lo dado; eso, para empezar.

Para continuar, ese desabotonarse indica una voluntad de sugestión, o por lo menos una insinuación y hasta ofrecimiento –el paso siguiente a ver es tocar –  de carácter eminentemente sensual. Una coquetería.

Quizá lo que inquieta y levemente escandaliza en ese hombre que te encuentras con la camisa desabotonada hasta el ombligo como si tal cosa es que tradicionalmente la coquetería vestimentaria estaba reservada a las mujeres. Aunque no es una tradición que se remonte muchos siglos atrás. Sabemos que hasta épocas relativamente recientes incluso los militares en campaña –y no hay situación más viril que los hombres en combate físico-- lucían coloridos uniformes con toda clase de ornamentos y sus oficiales se maquillaban para comparecer ante sus tropas.

Desde mediados los años sesenta del siglo XX, vinieron las melenas, la variedad vestimentaria para todos… y las camisas desabotonadas

En una memorable conferencia sobre el lienzo La condesa de Vilches, de Madrazo, que pronunció en el museo del Prado (hace ya tres años, pero es como si fuese ayer), el modisto Lorenzo Caprile cifró en el principio de la revolución industrial un “reparto de roles” sociales y vestimentarios que ha durado hasta ayer mismo: el varón se reservaba el control de la economía y de la productividad, y vestía de oscuro y renunciaba a afeites, joyas y galas, como signo externo de seriedad y laboriosidad. Ropas, perfumes, joyas, colores, todo cuanto sirviese para realce del encanto físico quedaba reservado exclusivamente para la mujer (como privilegio y como sometimiento), que quedaba fuera del círculo de la vida económica.

Desde la revolución juvenil de mediados los años sesenta del siglo XX, las cosas ya no son así. Con el nuevo protagonismo de la juventud, vinieron las melenas, la variedad vestimentaria para todos… y las camisas desabotonadas. Éstas no son propiamente ni de izquierdas ni de derechas. Son apolíticas. Tan conspicuo en su uso era el actor Burt Reynolds (claro referente conservador), de repeinada peluca, de piel bien bronceada al sol de California, que, para despejar cualquier duda de androginia, mostraba, bajo la camisa abierta, el pelo bien peludo y además lucía un recio bigotón, como el anarcoide, despeinado y feísimo músico francés Serge Gainsbourg, que tenía una curiosa querencia a llevar, al sur de su rostro de superviviente de una atroz resaca permanente, la camisa tejana desabotonada mostrando un pecho blancuzco y lampiño… Cierto es que en ambos extremos, de Reynolds a Gaisnbourg, hay algo vagamente intimidante.

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Quizá nadie llevó la camisa desabotonada con tanto salero y alegría como nuestro cantante Joan Manuel Serrat, pura decantación veraniega. Él pregonaba un erotismo natural, cordial. Mediterráneo, vamos. Su pecholobo nada tenía de intimidante: ¡Era de buen rollo! Sentado con la camisa abierta en un campo de flores, una mañanita de principios de los setenta, parece que en la boca entreabierta en una sonrisa de plenitud le baile una cancioncilla amorosa, una cancioncilla que dice: “Venid, venid, chicas, conmigo, entre las flores… ya veréis qué bien lo pasaremos…”

(Al margen de tanta semiótica, tampoco cabe descartar que el que anda desabotonado lo haga sencillamente con ánimo de andar más fresquito y aireado. Vale.)

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