Barcelona en globo y en zepelín

Barcelona en globo y en zepelín

El Arxiu Fotogràfic exhibe la fascinación de los barceloneses por el cielo y cómo la fotografía aérea cambió la mirada a la ciudad

No es ciencia-ficción. Aunque, por momentos, lo parece. Por las paredes del Arxiu Fotogràfic de Barcelona desfilan estos días imágenes que parecen teletransportadas desde un universo alternativo. Un mundo retro en el que Barcelona es diferente, en el que decenas de extraños globos aerostáticos se elevan casi como orondos ovnis y en el que los zepelines surcan el cielo frente a la estatua de Colón. Un universo paralelo en el que las cosas podrían haber sido de otra manera. Y originado otra forma de moverse, quizá de vivir.

Pero son instantáneas de nuestro propio mundo. De hace muchas décadas, cuando los primeros globos, los zepelines o incluso el curioso autogiro de Juan de la Cierva, presentado en plena plaza Catalunya y a medio camino entre una avioneta y un helicóptero, prometían futuros distintos. Que rápidamente eran devorados por los siguientes inventos. Son nuestro pasado, un pasado no tan lejano –nuestros abuelos también fueron modernos y creyeron en la promesa de la técnica– que ahora rescata la muestra Barcelona i el cel. Globus, aeroplans i fotografia , comisariada por Rafel Torrella y que el Arxiu Fotogràfic propone hasta el 1 de noviembre.

Una muestra que no solo recoge el viejo sueño, desde Ícaro, de volar, y la fascinación casi infantil por los nuevos artilugios, sino también su profunda conexión con la fotografía y con la cambiante manera de ver y explicar unas ciudades en expansión imparable durante el siglo XX, narrándoselas además también a un temprano turismo, como muestra un ejemplar de los años veinte de la revista Barcelona atracción , perteneciente al Patronato de Atracción de Forasteros de la ciudad, y en cuya portada hay una imagen del Eixample desde un avión.

La llegada a Barcelona del Graf Zeppelin con su imponente silueta metálica causó profunda impresión

La muestra comienza, eso sí, con una instalación lúdica que recuerda los usos de nuestros antepasados en los primeros tiempos de la aviación: subir a uno de los nuevos aparatos era difícil, pero uno podía fotografiarse con la familia entre dos tablas de madera con un avión pintado sobre ellas y simular estar volando en una reluciente avioneta, en el caso del Arxiu Fotogràfic, intensamente roja y con volante, éste sí de verdad.

El aire fascina bien pronto. Desde finales del siglo XVIII, Barcelona es escenario de los primeros intentos de enseñorearse del cielo. Ya en una fecha tan lejana como 1784 se elevan en la ciudad los primeros globos aerostáticos y durante el siglo siguiente, el XIX, la ciudad vive numerosas pruebas y exhibiciones que pronto se juntarán con la emergente técnica de la fotografía. Será la Exposición Universal de Barcelona de 1888 en el recinto de la Ciutadella cuando Antoni Esplugas, utilizando el globo cautivo instalado frente al recinto y en el que retrata a los grupos que se suben en su cesta, instala en él una cámara con la que obtiene las primeras imágenes aéreas de la ciudad. En ellas se ve el gran recinto, con el parque y las naves de la exposición desplegadas en abanico donde ahora se halla el zoo. Una Barcelona de hace 138 años sorprendentemente moderna, exhibiéndose al mundo.

Es un momento en el que los globos fascinan. Hay incluso trapecistas que ascienden suspendidos del globo y realizan equilibrios en el aire –las bajas en esta conquista del cielo no son escasas– y se multiplican los certámenes y concursos, incluidos en las fiestas de Barcelona junto a entretenimientos como concursos hípicos, de automóviles, de sardanas e, incluso, de “tiro de pichón”, según recoge el cartel de 1907.

Pero... aparece el aeroplano. Y el interés por los globos comienza a disminuir. Unos aeroplanos inicialmente de formas llamativas, cuadriculados algunos, y que enseguida triunfan entre el público, organizándose grandes semanas de la aviación. El 11 de febrero de 1910 se realiza el primer vuelo en Barcelona, protagonizado por el francés Julien Mamet, el primer aviador en volar en España y Portugal, en el hipódromo de Can Tunis. Acuden riadas de gente, pese a que los aviones se elevan solo unos pocos minutos. Y en nada, los eventos se multiplican y en 1911 Louis Gaudart vuela sobre el Tibidabo y ya hay pioneras como Hélène Dutrieu que vuelan en la ciudad. Los accidentes son también muchos por la precariedad de la estructura de los aparatos. Los aficionados a la fotografía inmortalizan los vuelos, especialmente con estereoscopía, en relieve, y desde los aviones se toman fotos aún poco claras: en las imprentas se recurre a fotomontajes para hacerlas más claras.

Pronto llegan fotógrafos como Joan Gaspar, pionero de la fotografía aérea en los años veinte, cuyos trabajos se difunden en la prensa y cambian la manera de ver una ciudad que no para de crecer, desde centenares de casas baratas en Baró de Viver y Sant Andreu casi en medio de la nada, al Hospital de Sant Pau en medio de campos o los flamantes estadios del Barcelona y el Espanyol. También la Exposición Internacional de 1929. Justamente durante esta muestra, Josep Badosa, inmortalizará la llegada a los cielos de la ciudad del Graf Zeppelin de Hugo Eckener con su imponente silueta metálica que causó profunda impresión: se llegó a plantear una base de aprovisionamiento de combustible en el nuevo aeropuerto para que Barcelona fuera una escala regular en las rutas intercontinentales de zepelines. Badosa captó fotografías oblicuas espectaculares de la urbe y su imagen del Graf Zeppelin con la retícula del Eixample como fondo hoy parece una ucronía.

Si los primeros vuelos tienen lugar en el aeródromo de Can Tunis o en el Camp de la Bota, pronto se crean aeródromos en el entorno de la ciudad, especialmente en la zona del delta del Llobregat, como La Volateria o el Latécoère, escala para pilotos como Saint-Exupéry en la línea de correo Aéropostale entre Toulouse y Casablanca. Unos espacios que irían configurando el actual El Prat. La muestra también recoge la importancia de la aviación para la realización de planos, incluso desde helicópteros de la VI Flota de los EE.UU., y la transformación de la ciudad, incluidos los Juegos Olímpicos. Pero esa historia ya sí es la nuestra.

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