
Lamine Yamal ha marcado un gol en el Mundial y no ha dado una asistencia, según los datos oficiales. Las de Lamine son cifras muy magras para los enfermos de la estadística y los que no atienden a las sutilezas del fútbol. El caso es que España jugará el martes la semifinal contra Francia y esta evidencia resultaría impensable sin la potente contribución del extremo del Barça.
El Mundial comenzó con Lamine en el banco. Una lesión muscular le impidió jugar las cinco últimas semanas de la temporada. Disputó los últimos 20 minutos contra Cabo Verde porque el partido lo pedía a gritos, no porque estuviera en buenas condiciones. Su ingreso no modificó el resultado, pero sí impactó en el juego.
Lamine ha sido titular en las cinco victorias que siguieron al empate con Cabo Verde. Marcó el primer gol frente a Arabia Saudí y descansó en el segundo tiempo. Desde entonces, ¿qué ha hecho Lamine por el excelente recorrido de España en el Mundial? Nadie contestará mejor a esa pregunta que sus víctimas, los laterales izquierdos de todos y cada uno de los rivales a los que se ha enfrentado España.
Los cuatro siguientes encuentros –Uruguay, Austria, Portugal y Bélgica– han repetido el mismo formato: los marcadores de Lamine destruidos. El lateral uruguayo Sanabria abandonó el partido en el minuto 69. Fue la actuación más discreta de Lamine, pero su efecto sobre los defensas ha devenido en síndrome. Mediada la primera parte, el austriaco Laimer, competente titular en el Bayern, empezó a boquear en busca de oxígeno, reventado por Lamine.
Sabitzer, el mejor futbolista austriaco, tuvo que retrasar su posición para establecer el canon de rigor: dos marcadores contra Lamine. España ganó sin despeinarse. La fijación por Lamine abrió rutas en otros sectores del campo. A través de esa ventaja, España ha terminado por encontrar su juego, el de un equipo fiable, solvente y competitivo. Ha concedido muy poco en el capítulo defensivo y se ha garantizado el control de los partidos con una versión imperial de Rodri.
Gran parte de la impactante impresión que generó España en la Eurocopa del 2024 se debió a las victorias sobre cuatro equipos campeones del mundo: Italia, Alemania, Francia e Inglaterra. Era un equipo sin grandes expectativas que pasó de sospechoso a fascinante, en buena medida por el asombro que provocó Lamine. Aquel crío, que cumplió 17 años un día antes de la final, cumplirá 19 mañana. Ya no es una estrella emergente al que rivales le concedían las licencias que ahora pretenden prohibir.
Dos contra uno, es el mensaje. Ningún otro jugador del Mundial, ni Olise, ni Dembélé, ni Vinícius, ha merecido una atención tan exclusiva. El infranqueable Nuno Mendes, el mejor lateral del mundo, recibió la ayuda más inverosímil que se recuerda: João Félix, sorprendente doble lateral. Por una vez abandonó su natural pereza defensiva. La repetición de esfuerzos de Nuno Mendes en el marcaje a Lamine acabó en lesión muscular (minuto 57) y drama para Portugal, que perdió pie en el partido. Por ahí se aclaró el panorama de España.
En este Mundial, donde se dice que no brilla, Lamine despide laterales como el que lava. De cada uno hace un Di Marco, el sufriente defensa del Inter de Milán, que pasó un calvario con el extremo azulgrana en la semifinal de la Liga de Campeones. El último ha sido el belga De Cuyper. Desfiló hacia el vestuario en el minuto 60, reventado en una misión en la que recibió la militar ayuda de Doku. El regateador del City estuvo mucho más preocupado de tapar a Lamine en el pico del área belga que de utilizar sus habilidades en el área española.
Si algo dice este Mundial de Lamine es que sus escuetas estadísticas oficiales no explican el incalculable valor de su aportación a un equipo que está donde se le suponía. Difícil creerlo sin Lamine, sin esta edición de Lamine, en sus filas.