Hablemos del prepucio

Hablemos del prepucio

He dejado pasar un tiempo antes de opinar sobre un asunto tan sensible como es la restauración prepucial. No me pareció prudente hacerlo en caliente, tras leer en mayo informaciones sobre su vigencia. Algunos temas parecen de entrada materia prima para un tratamiento humorístico. Pero un análisis más reposado nos acaba revelando su dimensión.

Se habla cada día más de la restauración del prepucio porque se sigue privando a muchos hombres de esa parte del miembro viril. En el mundo el porcentaje de circuncidados ronda el 30%. En EE.UU., el 70%. La circuncisión, como sabrá el lector, es una intervención para eliminar el prepucio, la piel retráctil que cubre el glande. Sus motivaciones son de diversa índole: religiosas (es ritual entre judíos y musulmanes), higiénicas o médicas. Estas últimas son las dominantes en España, donde los niños con fimosis –estrechez del prepucio– son circuncidados, por lo general sin su autorización.

La circuncisión es ya considerada como una mutilación innecesaria

En mi infancia, hablábamos de la fimosis con una mezcla de guasa y espanto, quizás porque intuíamos posteriores acciones castradoras, físicas o psicológicas, cuando apenas atisbábamos las amenidades del sexo.

Un célebre político inglés ninguneó a su rival diciendo que “cuando le circuncidaron, tiraron a la basura el trozo de carne equivocado”. Quería así señalar que dicho rival era una nulidad y que el prepucio es parte desdeñable del cuerpo. Pero no es eso lo que opinan ahora los circuncidados partidarios de la restauración prepucial. A su entender, las técnicas que la hacen posible permiten recuperar una placentera sensibilidad, evitar “sentimientos de pérdida, rabia o traición” y combatir una mutilación innecesaria. Hay quien relaciona la circuncisión masculina con la ablación de clítoris femenina y lamenta que se traten con distintas varas de medir.

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“La circuncisión es un problema sexual y de derechos humanos”, ha llegado a proclamar un adalid de su erradicación. Hombre, quizá no haya para tanto. A nadie le gusta que le corten nada. Pero otros derechos humanos –la libertad, la igualdad, etcétera– parecen más necesarios para llevar una vida digna. Ya sea con o sin prepucio.

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