
Diez años de 'La Manada'
La violación grupal de 'La Manada', de la que este año se cumplen diez años, supuso un antes y un después en el debate social, la respuesta institucional y la forma de nombrar y abordar las violencias sexuales
Esta onubense, catalana de adopción, aún recuerda cómo con 11 años su mundo se cerró a cal y canto tras el triple crimen de las niñas de Alcàsser. Como Míriam, Toñi y Desirée, muchos adolescentes de su pueblo también hacían autostop. El caso acaparó titulares y horas de televisión, mientras una narrativa mediática sembró el miedo entre toda una generación .
Hoy, Ana Burgos, vinculada al movimiento feminista desde hace más de 20 años, es antropóloga e integrante del Observatorio Noctámbul@s , un proyecto de la Fundación Salud y Comunidad (FSC), desde donde investigan y previenen las violencias sexuales en contextos de ocio nocturno. Si Alcàsser marcó a toda una generación, la violación grupal de La Manada , de la que este año se cumplen diez años, supuso un antes y un después en el debate social, la respuesta institucional y la forma de nombrar, comprender y abordar las violencias sexuales.
Ha pasado una década desde la violación grupal de Sanfermines. ¿Qué supuso el caso para la sociedad española?
Fue un punto de inflexión muy importante porque tuvo un impacto a muchos niveles: mediático, jurídico, institucional, cultural y social. El caso desencadenó un debate social y judicial que acabaría siendo el germen de la Ley Orgánica de Garantía Integral de la Libertad Sexual de 2022. Pero también cambió la forma de abordar las violencias sexuales desde las administraciones. En 2017, recuerdo que empezamos a recibir muchas peticiones de ayuntamientos para elaborar protocolos, impulsar puntos violetas, diseñar campañas de sensibilización...
Pero, sobre todo, hubo una transformación social. Conceptos que hasta entonces pertenecían al ámbito jurídico o al discurso feminista pasaron a ser lemas o pancartas. 'No es abuso, es violación' o 'Hermana, yo sí te creo' dejaron de ser consignas de unas pocas para convertirse en un clamor colectivo.
El caso tuvo una respuesta social enorme, ¿qué factores explican esa movilización tan masiva y colectiva?
Influyeron muchos factores. Pero quiero destacar la importancia que tuvo el trabajo previo de las organizaciones feministas de Pamplona, que llevaban años movilizándose y haciendo incidencia política. Además, había ocurrido ocho años antes el asesinato de Nagore Laffage en los Sanfermines de 2008 , que marcó como todo el caldo de cultivo para que la respuesta fuera inmediata y masiva.
Dicho esto, también se trató de un caso muy espectacularizado porque reunía muchos elementos que encajaban con el imaginario que la sociedad tiene sobre una agresión sexual. Eran varios agresores, existían vídeos y conversaciones que servían como prueba, la víctima denunció de inmediato, fue encontrada en estado de shock y la agresión ocurrió de noche, en un portal y a manos de desconocidos. El problema es que la mayoría de las violencias sexuales no responden a ese patrón.
La violación llevó al debate público cuestiones que entonces eran solo jurídicas
La violación grupal de Pamplona tuvo que llegar hasta el Supremo para que los condenaran por agresión sexual.
El Código Penal partía de una lógica defensiva, es decir, para que no hubiera consentimiento, la víctima tenía que demostrar de forma explícita que se había opuesto. La relación se daba por hecho y, si no la deseábamos, tenías que negarte porque si no parecía que la querías por defecto.
Con el cambio legislativo del 'no es no' al 'solo sí es sí', hay un desplazamiento de la carga probatoria. Ya no es la víctima quien tiene que demostrar que se ha resistido y todo lo que hizo para evitar la agresión, sino que es el denunciado quien tiene que demostrar que había consentimiento. El problema es que este nuevo paradigma está conviviendo con paradigmas antiguos. Seguimos viendo sentencias e interrogatorios, como la del juez Adolfo Carretero, que siguen anclados e impregnados de una noción muy desfasada del consentimiento, enmarcada en una manera de entender la violencia muy patriarcal.
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Hoy sabemos que el “piquito” de Rubiales no era una euforia del momento, sino un marcaje de poder
La violencia sexual no es un hecho excepcional, sino estructural. ¿Se ha comprendido lo suficiente?
Estamos en ello. A nivel discursivo, sí hemos entendido que no son casos aislados. Cambiar el foco implica politizar la violencia y dejar de interpretarla como la suma de hechos individuales. Implica entender que los agresores no son personas excepcionales o perturbadas, ni las víctimas son mujeres que hayan hecho algo mal. La violencia sexual es una expresión de las desigualdades de género y de un sistema que la hace posible y, en muchos casos, la normaliza.
¿Estamos realmente ante un aumento de la violencia sexual o ante una mayor detección y denuncia?
No cabe duda de que hay una mayor conciencia social, más recursos para abordarla y una mayor capacidad para identificarla y denunciarla. Lo veo, por ejemplo, en los talleres en los que las chicas tienen muchas más herramientas para reconocer determinadas conductas. Pero, al mismo tiempo, creo que hay un repunte de violencia debido a un repliegue neomachista ante los avances. Vivimos una cultura del pacto del silencio y romperlo y poner límites está siendo sancionado.
Es una lectura basada en mi experiencia y en el trabajo de campo, más que en una evidencia empírica concluyente. La propia conceptualización de la violencia sexual ha cambiado a lo largo de los años. La última Macroencuesta de violencia sobre la Mujer incorpora formas de violencia que antes ni siquiera se analizaban.
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¿Cree que hoy identificamos como violencia sexual conductas que hace una década se normalizaban o minimizaban?
Absolutamente. Uno de los grandes cambios ha sido entender la violencia sexual como un continuo. Antes hablábamos de abuso, acoso o agresión como si fueran fenómenos independientes. Hoy comprendemos que, aunque no tengan la misma gravedad ni las mismas consecuencias, todas esas conductas responden a una misma lógica. Por lo menos sabemos que el “piquito” de Rubiales no era una manifestación de euforia del momento, sino un marcaje de poder. También hemos aprendido a confiar más en nuestra intuición y sabemos identificar la incomodidad o el malestar con que algo no va bien, aunque todavía no sepamos ponerle nombre. Lo que sigue siendo difícil es romper el silencio.
Uno de los aprendizajes fue entender que la violencia sexual responde al poder y no al deseo. ¿Diría que ese mensaje ha calado?
Creo que todavía hay bastante confusión. Otra vez me parece interesante diferenciar entre discurso y práctica. Hemos incorporado ideas como que la violencia sexual tiene que ver con el poder, el machismo o la desigualdad, pero cuando analizamos un caso concreto, siguen habiendo lecturas ancladas con: “¿Cómo va a cometer una agresión sexual si puede estar con cualquier mujer?”. Otra vez estamos confundiendo relación sexual con violencia sexual. La violencia sexual no tiene que ver con la falta de oportunidades para mantener relaciones sexuales, sino con el ejercicio del poder y el control.
Seguimos en un contexto de enorme infradenuncia e impunidad
La reforma del Código Penal y la ley del 'solo sí es sí' se aprobaron en un contexto de fuerte debate social. ¿Qué supuso a nivel de avances para las víctimas?
Destacaría varios. El primero es la eliminación de la distinción entre abuso y agresión. Esa diferenciación establecía una jerarquía de las violencias en función de la existencia de violencia o intimidación y, en consecuencia, también de las penas. Transmitía la idea de que unas agresiones eran menos graves que otras porque no existía una resistencia física. Otro avance es la redefinición del consentimiento y tratarlo como algo que se construye.
También supone un cambio muy importante que muchas medidas de protección y de atención dejen de depender de la presentación de una denuncia. Que una víctima pueda acceder a apoyo psicológico, asesoramiento jurídico, ayudas económicas, recursos de protección o trámites administrativos sin iniciar un procedimiento supone un gran cambio. Además, destacaría la obligatoriedad de los centros de crisis 24 horas para casos de violencia sexual, a pesar de que no se están cumpliendo con todos los criterios de la ley.
Si dentro de otros diez años volviera a hacer balance de la violencia sexual, ¿qué le gustaría que hubiera cambiado?
No voy a pedir que dentro de diez años se erradique, porque sería ingenuo. Lo que sí me gustaría es que hubiéramos avanzado en la forma de afrontarla. Me gustaría ver unos medios de comunicación que no perpetúen la violencia, una mayor inversión en prevención y en el acompañamiento a las víctimas, y un sistema capaz de detectar y sancionar la violencia institucional cuando se produce.
También espero que dejemos de poner sistemáticamente en duda el relato de las víctimas y que existan mejores condiciones para que puedan denunciar, porque seguimos en un contexto de enorme infradenuncia e impunidad.
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¿Y respecto a los hombres?
Me parece fundamental que los hombres asuman un papel mucho más activo. No solo cuestionando sus propios privilegios, sino rompiendo los pactos de silencio y complicidad que todavía protegen a muchos agresores. Muchos hombres callan cuando el denunciado es un amigo suyo. Paralelamente, me gustaría ver también que sea impensable que denunciados y condenados estén presentando libros, como Rubiales, o sean famosos predicadores evangelistas como Alves. Me encantaría ver que el ejercicio de la violencia sexual tenga consecuencias para ellos.