
Fuego en el Empordà
Algunas personas, que fueron evacuadas ayer, se han acercado esta mañana a sus hogares para comprobar los desperfectos del incendio
Cuando uno lo ha perdido todo no hay palabras de consuelo que valgan. Unos combaten el dolor en silencio, otros optan por exteriorizar los sentimientos como una vía de escape al dolor. A Jordi Roig, que en las últimas horas ha pasado del silencio a la indignación, el fuego le arrasó por completo el hogar de los últimos 24 años, el lugar en el que ha visto crecer a sus hijos y a sus nietos. La suya es la única casa que se ha quemado por completo de la urbanización Mas Ambrós de Calonge.
Un escenario dantesco. Nada se salvó. “Lo he perdido todo, no tengo ni casa ni recuerdos”, se lamentaba esta tarde en declaraciones a La Vanguardia . El tejado y el porche se han hundido por completo en una vivienda construida con vigas de madera, con antiguos postes telefónicos, que han acabado siendo “mi perdición”.
“Lo hemos pasado mal, no sabía si me encontraría la casa quemada”, dice el vecino de la urbanización Mas Toi de Calonge, Ferran Robles
Jordi deambulaba ayer como pollo sin cabeza por su propiedad, sin saber muy bien por dónde empezar, ni hacia dónde mirar. Se abrazaba a los suyos, a su mujer, a sus hijos, en un intento de consuelo. “A las tres de la madrugada vi como mi casa ardía, yo estaba en la calle pero no me dejaron apagar mi propio fuego”, se lamenta.
Como muchos, y con las llamas cerca, desoyó los consejos de las autoridades de confinarse. “De haberme quedado en casa, sería un pollo asado”, afirma. Jordi se enciende a medida que hablamos. Se siente desprotegido por las autoridades. A lo largo de hoy y hasta media tarde, él y los suyos ayudaron a sofocar siete pequeños fuegos que se declararon en la zona. El último, en la casa de un vecino.
De haberme quedado en casa, ahora sería un pollo asado
El agua de la piscina, lo único que salvó de las llamas, sirvió para irlos apagando con cubos. Lamenta que varias patrullas de la policía no se bajaran del coche para ayudarle a apagar esos pequeños fuegos y que le instaran a llamar a los bomberos. Se siente olvidado.
Jordi vive en la calle Pallars Sobirà, un cul-de-sac. El viernes, tras declararse ese gran incendio, todos los vecinos retiraron los coches que tenían estacionados para que los vehículos de los bomberos pudieran maniobrar sin problemas en esa calle sin salida. Pero no llegaron a tiempo.
Los próximos días serán jornadas de papeleo, de llamar a la puerta del seguro y decidir si quiere rehacer su hogar. Pero hoy Jordi no veía más allá del “desastre”, el nombre que le salía para referirse a lo que ha vivido. Un desastre evitable si todo apunta a que el uso de una radial en un día en que no se podía utilizar fue el detonante del incendio. “Una chispa que saltó de una casa abandonada prendió una silla de mi terraza, y el fuego subió por el cristal”, explica, tras confirmarlo con las cámaras de seguridad del vecino.
En otra urbanización, la de Mas Toi, también en Calonge, el fuego llegó muy cerca de las viviendas, a cuatro pasos escasos (sin exagerar) de las viviendas de Mark James y su vecino Ferran Robles, que esta mañana pasadas varias horas de incertidumbre, respiraban aliviados cuando comprobaron con sus propios ojos que sus hogares se habían salvado de la quema.
Mark, ciclista profesional de mountain bike, eligió este lugar de la Costa Brava para construirse una moderna vivienda, que había estrenado hacía penas dos años y en la que vive con su mujer. Ni la madera de árbol japonés antifuego que utilizó en algunas partes de los balcones ni la pintura especial habrían sido garantía de nada.
Los que vivimos en las Gavarres sabíamos que habría un gran incendio
Emocionado, resopla, cuando ve la dimensión de la tragedia ante sus ojos. Bosques de alcornoques y pinos quemados rodean su finca y el entorno de las urbanizaciones próximas. “A las 11 de la noche el fuego lo teníamos a un kilómetro”, explicaba esta mañana. Poco después explica que las autoridades les desalojaron. Se fueron a casa de los suegros en la urbanización colindante Vizcondado de Cabanyes para pasar la noche. Es un decir. “No he pegado ojo, he tenido miedo”.
Tampoco lo ha hecho Ferran Robles, que tras ser desalojado sobre la medianoche se dirigió hacia Montgat, su domicilio habitual. “Lo hemos pasado muy mal, no sabíamos si nos encontraríamos la casa quemada o no, me aterraba la idea de haberlo perdido todo”, explicaba esta mañana, poco después de las nueve. La piscina era un charco de cenizas y el verde del patio había dejado paso al negro en un abrir y cerrar de ojos. A Robles le invade un sentimiento de tristeza por la pérdida del ecosistema, que tardará en recuperarse.
Con el fuego activo nadie ayer cantaba victoria. Constantemente los bomberos intentaban hoy aplacar conatos que se iban produciendo en estas urbanizaciones de Calonge. Christ y sus hijos pequeños remojaban el jardín de la casa tras pasar la noche en un coche en un aparcamiento de un supermercado. “Yo no he pasado miedo pero he sufrido mucho por mi hogar, por todo el dinero invertido en ella”, explicaba mientras remojaba la zona con sus hijas.
En Santa Cristina d’Aro, los vecinos de la urbanización Vall Repòs, formada por unas 140 casas, muchas propiedad de extranjeros, se preparaban al mediodía para pasar un segunda noche fuera de casa, si nadie lo remediaba.
En el espacio Ridaura, convertido en un lugar de atención a los desalojados, se le hacían largas las horas a Núria Blanes y a su marido que, tras la pandemia convirtieron una casa de Vall Repòs rodeada de naturaleza en su primera residencia. “El susto me está saliendo ahora”, explicaba emocionda la mujer.
Pasaron la noche en un apartamento de los consuegros en Platja d’Aro. “Tengo ganas de volver a casa”, afirmaba aunque el entorno esté quemado. “La naturaleza es sabia y se recuperará, pero me sabe mal que todo esto haya ocurrido por una negligencia”.
Junto a ella se encontraba un matrimonio holandés, de Eindhoven, que reside en la zona desde hace 25 años durante largas temporadas, qué preguntaba cuál era el mejor canal para informarse de las afectaciones. Ellos han pasado la noche en un hotel y almediodía contaban las horas que faltaban para regresar a su casa. Todos ellos valoraban el gran trabajo de los bomberos. “Estamos muy agradecidos”, ha asegurado Christian Bell.
Todavía más lejos, en el punto cero del incendio, en el vecindario de Sant Pol, de La Bisbal d’Empordà, Manel Magrinyà respiraba más tranquilo. Tras 27 años residiendo en ese entorno, recordaba que nunca había vivido un incendio así y se lamentaba de la dejadez del bosque. “Todavía hay restos de la gran nevada de 2010, el sotobosque es un desastre, ha ocurrido lo que se veía a venir”.