Israel y EE.UU. se divorcian

Israel y EE.UU. se divorcian

El conflicto de Oriente Medio

El martes pasado, después de firmar la carta de intenciones con Irán, Donald Trump, visiblemente enojado con Beniamin Netanyahu, dijo lo que muchos maridos despechados sueltan a sus parejas antes de la ruptura definitiva: sin mi no eres nada.

“Sin mi, Israel no existiría”, aseguró el presidente norteamericano el martes pasado en Versalles llevado por su ego, pero, al mismo tiempo, reflejando una realidad incuestionable: sin la ayuda militar de Estados Unidos, Israel no habría podido hacer frente a sus enemigos.

Los sistemas de defensa antiaérea estadounidenses protegen el territorio israelí de los misiles de Irán, Hamas y Hizbullah, mientras que los F-16 y los F-35 americanos permiten a Israel bombardear Irán, Líbano, Siria, Yemen y Gaza. Barak Obama, el presidente que Trump y Netanyahu más desprecian, aprobó el mayor paquete de ayuda militar que ha recibido Israel: 38.000 millones de dólares.

Trump ha dado a Netanyahu todo lo que le ha pedido: trasladar la embajada a Jerusalén, invitarlo una y otra vez a la Casa Blanca, reconocer los Altos del Golán como territorio israelí, impulsar los acuerdos de Abraham con las monarquías del Golfo, protegerlo con el veto en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y hacer campaña en Israel para que le perdonen los delitos de corrupción por los que está siendo juzgado.

Trump cree que, a cambio de todo esto, Netanyahu debería estar agradecido y obedecer. Sin embargo, y a pesar de haber acordado seis treguas con Hizbulah, sigue bombardeando Líbano y comprometiendo las negociaciones con Irán para reabrir Ormuz.

El estrecho no es una prioridad para Netanyahu. Lo es que Irán no tenga la bomba atómica ni misiles capaces de alcanzar Israel.

A Israel no le importa Ormuz y al mundo no le importa el programa nuclear de Irán

Hace un año, Israel y EE.UU. disponían de una clara ventaja estratégica sobre Irán. Hamas y Hizbullah estaban muy debilitados y la inteligencia israelí había golpeado muy duro a los iraníes en Damasco y Teherán. En apenas doce días, una ofensiva aérea israelí-norteamericana redujo a escombros los cuatro centros de producción nuclear de Irán.

Hoy, sin embargo, la ventaja estratégica es de la república islámica, dueña absoluta de Ormuz.

La guerra, por lo tanto, no ha servido de nada. Al contrario, lo ha empeorado todo. Es un desastre geopolítico tan grande como el de la guerra del 2003 en Irak.

El acuerdo con Irán deja a Israel mucho más expuesto que el pacto nuclear del 2015. Hizbullah tiene ahora la protección de Estados Unidos. En Versalles, Trump firmó que el ejército israelí debe cesar las operaciones militares en Líbano y respetar la integridad territorial del país. También se comprometió a resarcir a Irán por los daños causados. Los ayatolás podrán beneficiarse de un fondo de 300.000 millones de dólares.

Irán es una amenaza existencial para Israel, y Hizbullah, aunque muy debilitada, aún sigue haciendo la vida muy peligrosa en el norte del país.

Israel controla el 20% del Líbano y Netanyahu ha asegurado que no dará un paso atrás. La opinión pública está de su parte. Es posible que gane las elecciones de octubre, pero es improbable que pueda formar gobierno. Gadi Eisenkot, líder del centro izquierda, le pisa los talones y tiene aliados de sobra en el centro derecha para asumir el poder.

La guerra beneficia a Netanyahu, pero perjudica a Trump. Necesita dejarla atrás antes de las elecciones legislativas de noviembre. El apoyo a Israel aún es importante entre los republicanos y los cristianos evangelistas, pero no tanto como hace un año. Además, según el instituto Pew, el 60% de los estadounidenses tiene una visión desfavorable de Israel y dos de cada tres se ha mostrado en contra de la guerra de Irán. La base electoral de MAGA tampoco respalda las guerras.

Israel está hoy más solo que nunca. La destrucción de Gaza, donde es posible que haya cometido un genocidio, ha hundido su reputación internacional. El vicepresidente JD Vance afirma que Estados Unidos es el único amigo que le queda y la mayoría de israelíes estaría de acuerdo, pero añadiría que a los amigos no se les abandona.

Netanyahu ha sacado de sus casillas a los cuatro presidentes norteamericanos con los que ha coincidido. Antes que él, otros primeros ministros también habían chocado con la Casa Blanca.

Las relaciones en los últimos años, sin embargo, han ido de mal en peor y Netanyahu preferiría no tener que depender de su gran aliado. Ha elaborado un plan para que en menos de una década Israel pueda defenderse solo.

En gran medida, Israel ya no es un David, sino un Goliat, el ejército más poderoso de Oriente Medio. Nadie puede derrotarlo. Sin embargo, esta fuerza no le permite eliminar a sus enemigos. Puede contenerlos, pero no destruirlos.

La gran tragedia de Israel es que parece obligado a luchar siempre. Dice que en Oriente Medio solo importa la fuerza, pero esta lógica militar es una condena que le obliga a librar una batalla tras otra. Es incapaz de hacer la paz.

Hasta ahora, Israel justifica el horror que causa con el argumento de que así evita otro horror aun mayor, otro 7 de octubre, una posibilidad que ningún israelí desdeñará durante generaciones.

Sin embargo, la violencia envenena las relaciones de Israel con sus aliados y ,aún más grave, entre sus propios ciudadanos.

En su empeño por ser un estado judío, Israel somete al 20% de la población palestina y compromete su democracia.

La guerra permanente transforma el carácter de la nación. Israel nació como un país europeo, pero la visión que sus líderes tienen hoy del mundo no es la misma que tienen las sociedades occidentales. Parece que los valores ya no son los mismos y tampoco lo son los enemigos.

A Israel no le importa Ormuz y al mundo no le importa el programa nuclear de Irán.

Israel, por lo tanto, no solo se divorcia de Estados Unidos sino también del mundo. Esta ruptura es uno de los grandes fracasos de Occidente y una muy mala noticia para la humanidad.

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